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Saucha, Pureza

Raquel Mello.


"Ama tu cuerpo,

templo viviente de la divinidad. 

Nútrelo, ejercítalo, límpialo y hónralo. 

Aún, desapégate de él. 


Camina descalza en la arena húmeda,

dejando huellas perfectas

pero que desaparecen. 

Da pasos limpios y firmes. 


Purifica tu corazón en la inocencia, 

agradece a la vida que estás viva, 

ama, juega, ríe y baila bajo la lluvia. 

Dios ama a los niños. 


Sólo el tiempo amansará tu dolor,

sólo las gotas de lluvia lavarán tus lágrimas,

como acuarela escurriendo en lienzo,

purificando tu vida.


Escucha el trinar de las aves, 

las risas infantiles 

y la nota afinada del violín. 

Así será tu canto a Dios. 


Mira el cielo azul, 

observa cómo el viento se lleva las nubes. 

Cierra tus ojos 

y observa cómo tu respiración clarifica tu mente. 


Ten fe,

permite que el espíritu 

ilumine tu vida. 

Disuélvete en la luz."



Recuerdo que cuando era niña vivía al sur de la ciudad en una zona nueva boscosa llena de pinos. 


Era hermoso vivir en la inocencia. 


Mis tres hermanas y yo tuvimos una infancia maravillosa y divertida. Todo se centraba en las calles de este fraccionamiento. Éramos amigas de todos los vecinos y sobretodo en el verano salíamos a jugar todos los días desde la mañana.


Salíamos a correr y después hacíamos un poco de gimnasia en el parque, respirando aire puro.


Después cada quien iba a su casa a desayunar y a media mañana jugábamos basquetbol en partidos de 21. Cuántas canastas anotamos y pelotazos dolorosos en la nariz recibíamos!


A coro, todas las mamás gritaban por la ventana de las casas llamándonos para comer. Todos apenados los unos con los otros por los gritos, regresábamos y nos reuníamos en familia para comer y descansar un poco. 


Por la tarde, volaban las bicicletas, avalanchas, patines y patinetas por las enormes bajadas adoquinadas de Villa Verdún. Así como costras en las rodillas y algunas caídas. Mi papá casi sin aliento, nos curaba con susto, amor, Merthiolate y curitas. 


Lo mejor era cuando íbamos a los grandes charcos, saltábamos y “cazábamos ranitas”. Éstas se las vendíamos a los vecinos y no sé cómo, pero nos las compraban. Las que decíamos que eran “machos”, las vendíamos a $1.00 y las “hembras”, a $2.00. Qué divertido!


Pero nuestra travesura favorita era jugar y correr bajo la lluvia de verano. Todo el lodo del bosque, todas nuestras pocas preocupaciones, pensamientos, tristezas, desamores pubertos y adolescentes, se limpiaban con el agua. 


Era una verdadera meditación. Un festín. No teníamos frío. No existía tiempo ni espacio. Cada gota era un regalo de Dios. Una caricia. Un alivio, una sanación.  Era absoluta pureza. Total libertad. 


Y como Gandhi decía, “la vida no es esperar a que pase la tempestad, sino aprender a bailar bajo la lluvia”. 


Nos regocijábamos con tan poco y con tanto. 


Y si bailamos bajo la lluvia?



Raquel Mello 


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