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Perdón

Raquel Mello


Le digo sí a la vida,

corro a sus brazos,

llorando de felicidad

y dicha.


Oh vida! Abrázame.

Mima este corazón lastimado.

Oh vida! Amánsame.

Quiero estar a tu lado.


Con el corazón sin ataduras,

en humildad,

este guerrero se quita la armadura,

y se inclina.


Le pido al cielo compasión,

para que me sostenga

entre las nubes,

al ofrecerle mi corazón.


Acepto mi verdad.

Ya no vivo en la ilusión.

Mejor río ante este juego de la vida,

sin vanidad.


Tengo fe.

Tengo certeza de que las pruebas

que el universo me regala,

son parte del plan divino.


Entrego todo,

floto al vacío.

Soy libre.

Yo soy.




El Perdón.

Perdonar? Qué significa perdonar?


Qué sucede cuando el otro me hace algo? Bueno, primero hay que preguntarnos lo siguiente, de quién es el problema?


Si creo que el problema es mío, entonces pienso que el otro me hizo algo a mí. Por lo tanto, me voy a resentir y voy a ser la víctima del cuento. El otro va a ser el ogro. Así que voy a esperar hasta que él o ella me pida perdón, para poderlo perdonar. Pero mientras, lo voy a castigar con actitudes negativas, o con el látigo de mi desprecio. Para que sufra. Para que entienda que estoy enojada. La otra persona no sabe qué me pasa y me pregunta. Y si soy mujer, probablemente le voy a contestar "nada" y lo voy a hacer sufrir más, por no adivinarme el pensamiento. Si finalmente me pide "perdón", tal vez se lo otorgue, como si yo fuera un dios castigador. Y si se lo otorgo, tal vez siga resentida y lo voy a sacar tarde o temprano.


Aunque, pensándolo bien, no soy tan importante como para creer que todos continuamente me hacen cosas. Más bien creo que están demasiado ocupados con sus vidas, para estar planeando cómo hacerme la vida más difícil. Es más, tal vez mejor me resiento, porque la otra persona está demasiado ocupada para mí. El otro no "me" hace caso. Y volvemos a lo mismo.


Sí creo que el problema no es mío, sino de la otra persona, automáticamente lo que haga, no me lo hace a mí directamente. A menos de que yo lo reciba y volvemos nuevamente a lo anterior. Pero si yo compasivamente comprendo, dado mi nivel de conciencia, dónde está parada la otra persona, es decir, desde dónde está actuando, entonces no me lo tomo personal.


Todos en la vida actuamos bajo un enorme péndulo. Por un lado está el miedo y por el otro, el amor. En el lado del miedo, está en la ausencia de luz, el temor, la falta de fe. En el lado del amor está la luz, la compasión, Dios, la fe, la vida. A veces actuamos por amor, y otras, por temor. Debajo de estas dos palabras hay muchos matices del negro del blanco y otras emociones que se esconden, como el enojo, o la ira. Sin embargo, dado nuestro nivel de conciencia en determinado momento, actuamos por amor o por temor, y siempre hacemos lo mejor que podemos.


Si yo integro este concepto a mi vida, entonces comprendo que en realidad, aunque yo haga el acto humilde y amoroso de pedir perdón o de perdonar, en realidad y en el primero y último de los casos, nunca hubo nada que perdonar.


Entonces soy libre!


Pero qué sucede cuando no soy capaz de perdonarme a mí misma. Cuando yo pienso que yo me generé cosas o sucesos en la vida, estoy cayendo en el papel de víctima. Porque de igual manera, yo no me puedo hacer nada mí misma, así que tampoco me lo puedo tomar personal.


Cuando yo digo que generé cosas, entonces estoy en el papel de responsable, por lo que me hago cargo de mis resultados, veo la manera de resarcir el daño, si es que existe alguna manera posible y no lo empeora más. Con amor, tomo lo que corresponde, y lo que no, lo dejo ir.


La culpa, no sirve de nada, es seguir viviendo revolcada en el fango de la victimez, utilizándola como un pretexto para no crecer. Porque crecer duele.


Pero soy hija de la vida, soy hija de Dios; y Dios me creó con todo el amor del universo, como parte de El. Con gratitud, confío en que el plan del universo entero es perfecto. Por lo tanto, ni siquiera requiero pedirle perdón, éste ya está dado por anticipado, desde siempre y por siempre.





Namaste


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