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Muladhara

Por Raquel Mello


Cuando yo era pequeña solía soñar dos cosas muy interesantes. Yo no soy psicóloga y tampoco sé interpretar sueños. Pero hoy los veo de esta manera y me gustaría plasmarla.

El primer sueño era que volaba. Era ligera como una pluma y me movía al viento. Me elevaba sin ningún problema. De hecho, en realidad, yo era muy muy ligerita, pero también muy enfermiza, frágil, bastante débil física y emocionalmente. Mi mente era muy volátil, pero eso sí, muy alegre.


Mi segundo sueño era que yo tenía la magia de hacerme invisible, es decir, de desaparecer. Era fantástico observar todo el panorama desde las alturas. Sin embargo, lo que más disfrutaba observar era a la gente que me rodeaba, sus conversaciones, su forma de actuar, etc. De alguna forma era yo testigo de esa gran obra de teatro de la cual formaba parte, pero en esos momentos y desde afuera, simplemente, observaba. En el tiempo en que yo volaba y al mismo tiempo era invisible, era mi momento de paz, era mi refugio, mi escapatoria. Era el momento de estar conmigo sin verme obligada a participar, a comprometerme. Era mi sueño.


Volaba! Y prefería hacerlo, ya que en mi vida, nada de lo que yo fuera o hiciera, parecía ser suficiente para mis padres. Yo buscaba amor y aprobación en el afuera. Sentía incluso que mi voz no tenía fuerza. Estallaba en llanto cada vez que intentaba hacerme valer. Literal, un nudo en la garganta. Decidí, de forma inconsciente, no ocupar mi lugar, no discutir, no pensar. No sentir.


Más tarde, cuando comencé a trabajar en mi, por extrema necesitad, en 1990, me di cuenta que para volar, para flotar, primero tenía que arraigarme. Y aquí es donde comencé mi trabajo del Primer Chakra o Raíz. No quiero saturarte de información que la podrías encontrar en línea. Prefiero compartir mi experiencia contigo. Tomé terapias, cursos, coaching, grupos de auto ayuda, etc. Descubrí Yoga y de ahí no he dejado de estudiar y prepararme. Porque el regalo y la misión del crecimiento, es de todos los días.


Primero, dejé de ver hacia fuera. Estaba con el dedo del juicio, el caparazón bien puesto y la espada desenvainada. Fue muy doloroso ir arrancando las capas hasta desnudar el alma. Me abracé, me amé, me procuré. Me he dado mi propio reconocimiento, valía y amor. De la nada, muerta de miedo, comencé a sobrevivir. Fisica, económica, emocional y espiritualmente, me he ido construyendo como una catedral. Lo más importante, los cimientos. Las bases, mis valores, mi trabajo, mi casa, mi alimento. Esto me ha traído inmensa responsabilidad, independencia y autosuficiencia.


Pero no basta con sobrevivir, hay que vivir. Y eso no basta, hay que sonreír. Y la vida y la Tierra se encargan, de forma incesante, de regresarme al origen. Con accidentes de auto con afección en la columna, mi eje, mi centro, rompiéndome el dedo meñique del pie derecho, mi soporte, mi ancla, el equilibrio, mi fortaleza masculina. Y todo para recordar que de aquí vengo, que muero y renazco desde las cenizas, momento a momento recreándome como el Ave Fénix, resurgiendo en mi mejor versión de mi misma. 


Soy como La Flor de Loto, arraigada desde el fondo de la Tierra, atravesando el dolor, triunfante asomo la corola de pétalos hermosos a la vida. Recibo el prana del Cielo, enlazando los dos mundos.


Y entonces y sólo entonces, puedo volar.


Raquel Mello


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