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Mother’s Day

Por Raquel Mello


Una estrellita en el cielo,

aguardando y brillando, era yo.

Cuando te vi, te reconocí

y te elegí.


El creador con su amorosa mano

te indicó.

Presta, rápida y decidida,

como un cometa, llegué hacia tí.


Un trabajo de suma

Importancia en amor,

en esta vida, como hija tuya,

había que trascender.


Amada mía,

madre del cielo.

Que en tu vientre viví

y en tu mirada renací.


Primera inhalación.

Primer contacto.

Abundantes lágrimas

de amor y ternura desmesurada.


De tus brazos soy, madre.

Siento tus caricias en mi carita

con las yemas de tus dedos.

Nada temo, se detiene el tiempo.


Un suspiro, un abrazo,

tu olor a rosas rosas.

Tengo el recuerdo vivo

del balanceo y el tarareo.


Madre, eres única. Amo todo de ti.

Tu increíble sentido del humor,

tu gran sensibilidad y amor al arte.

Hasta tus indirectas y regañaditas.


Nada que reprochar.

Nada que perdonar.

Te honro, te admiro

y te agradezco por haberme dado

la vida.


Gracias, gracias, madre.

Todo ha sido perfecto.

En paz nuestro camino tomamos.

Juntas en alma por siempre.


Donde sea que te encuentres,

siempre soy tu “doña alegría”.

Siempre estás a mi lado,

en cuidado de mi vida.



Es tan complejo describir qué es una madre... como hija lo he vivido de una manera, pero como mamá de dos hermosas hijas, mi experiencia ha sido completamente diferente. Creo que en internet y en los libros encontraremos mil definiciones ejemplares, aún así sin manual.


Mi creencia es que las almas aguardamos y buscamos a nuestra madre y a nuestro padre para venir a la vida con una misión específica. De la misma manera, elegimos a nuestros hermanos con quien compartir la familia de origen. Nada es casualidad, nuestros padres se han unido para trabajar algo entre ellos. Pero nosotros los hijos los elegimos a ellos de forma específica, para trascender algún propósito.


Mi mamá fue mi maestra. A través de mi vivencia en ella, he aprendido muchas cosas. Ella fue mi espejo. Mi mamá ha venido a mostrarme y a recordarme justamente quién soy.


Al saberme hija de Dios, sé que todo lo que está a mi alrededor, es parte de mí. Y a su vez, soy parte del todo. Ese árbol que estoy viendo ahora, es parte de mí. Yo soy parte del ave que pasó volando hace un momento. Soy parte de mi mamá, de mis dos hijas y hasta de tí, que ahora me estás leyendo.


Pero no es cualquier ave, o cualquier árbol, o cualquier mamá. Es que no solamente los elegí, sino que los creé. Sí, todo lo que está frente a mi, es producto de mi creación. Los he creado para que me otorguen el regalo de presentarse frente a mí y mostrarme mi realidad, para que yo pueda trascender lo que requiero trabajar. Pero así como todo es producto de mi creación, en realidad, no existen.


Así que yo creé a mi mamá. Ella vino a obsequiarme el amor, la crisis, la humildad, el trabajo interior, la fe inquebrantable, el perdón, la separación y la unión. Me mostró la soledad, la independencia y la fortaleza interior. Una gran espiritualidad e inteligencia. El ego y la soberbia. El amor a las artes, a la música y a las letras. Tal cual era, como Sor Juana Inés de la Cruz. Asimismo, la introspección y el estudio. Hablar con indirectas y el humor sarcástico y elegante. El llanto. La alegría.


Como mi maestra y mi espejo, ha sido mi reflejo. Cada vez que yo me sentía juzgada por ella, ella se sentía juzgada por mí. Cada vez que yo la elogiaba, eran elogios hacia mí. Cuanto más ella se alejaba, más huía yo de mí. Cuanto más abrazaba ella la vida, más nos abrazábamos las dos.


Conforme yo iba avanzando en mi camino espiritual del Yoga, ella iba avanzando en su camino espiritual religioso. Sin embargo, nuestras actitudes necias nos iban separando. Entiendo que era yo, luchando con mi mojigatería. Hasta que al final de sus tiempos en este plano, nos abrazamos y lloramos en compasión y reconciliación absoluta. Nos declaramos nuestro amor y perdón en humildad.


El acto de mayor unión, fue que ella me pidió que la vistiera con sus hermosas y humildes ropas de Carmelita Descalza, orden a la que ella pertenecía. Ella amaba mis manos mágicas, así como yo las yemas de sus dedos en mi carita, cuando era pequeñita.


El día de su velorio la ungí con rosas rosas, la esencia favorita que yo le regalé. La vestí como una Reina, una Reina de la orden del Carmelo; honrando y agradeciendo cada parte de su cuerpo y de su vida, dedicada a nosotras, sus hijas.


Ella me presentó la vida y la muerte.


La trascendencia de la muerte en la luz de Dios, a la vida en la luz de Dios.


Sólo me queda gratitud y amor.


Raquel Mello,

“Doña alegría”


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